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No hace falta correr una maratón para entenderlo. Basta con ponerse unas zapatillas, salir a trotar unos minutos y sentir cómo el cuerpo, poco a poco, se suelta. La respiración se regula. La mente se libera. Durante décadas, los beneficios del running han sido celebrados sobre todo desde el plano físico: pérdida de peso, mejora cardiovascular, reducción del riesgo de enfermedades crónicas. Pero en los últimos años, una ola de estudios científicos está apuntando a una dimensión que hasta ahora se mantenía en un segundo plano: su impacto directo sobre la salud mental.
Vivimos en una época en la que los problemas psicológicos se han normalizado en la conversación pública, pero no necesariamente en la práctica médica. La OMS ya ha advertido que la próxima gran pandemia será la de los trastornos mentales, y organismos como la OCDE estiman que uno de cada dos ciudadanos sufrirá algún tipo de problema psicológico a lo largo de su vida. Ansiedad, depresión, insomnio, ataques de pánico: nombres distintos para heridas que no sangran, pero que duelen. Y cada vez son más los profesionales que están mirando al running como parte del tratamiento, o incluso como alternativa real a la medicación.
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Correr o medicarse
En octubre de 2023, el Journal of Affective Disorders publicó un estudio que ha encendido las alarmas —y la esperanza— en clínicas, centros deportivos y consultas psicológicas. La investigación, llevada a cabo durante 16 semanas con 141 pacientes diagnosticados con depresión y ansiedad, comparó dos grupos: uno que siguió un tratamiento clásico con antidepresivos (ISRS) y otro que se embarcó en un programa de running progresivo supervisado.
Los resultados fueron tan reveladores como contundentes: ambos grupos mejoraron su estado mental de forma similar, pero con una diferencia sustancial. El grupo que corrió registró mejoras significativas en parámetros físicos como la presión arterial, el índice de masa corporal o la frecuencia cardíaca. El grupo medicado, por el contrario, mostró un deterioro físico generalizado. Además, el 82 % del grupo runner dijo sentirse más autónomo, activo y satisfecho con el proceso.
Este tipo de hallazgos están llevando a muchos psicólogos y psiquiatras a integrar el running como primera línea de actuación en casos leves y moderados de trastornos del ánimo. No se trata de sustituir fármacos en todos los casos, sino de entender que hay una vía complementaria, natural, sin efectos secundarios y con beneficios duraderos.
Cuando correr es terapia
Esta evolución en la mirada terapéutica no se queda en los laboratorios ni en los artículos científicos. Ya está permeando en el deporte amateur y profesional. Un ejemplo claro lo vimos el pasado 27 de marzo en Murcia, durante el I Congreso de Salud Mental y Bienestar Psicológico en el Deporte, organizado por la Federación de Fútbol de la Región y la Universidad de Murcia.
El congreso reunió a referentes como Pablo del Río (psicólogo del Consejo Superior de Deportes) o Gloria Balagué (psicóloga del equipo olímpico de EE.UU.), quienes destacaron la urgencia de romper tabúes y normalizar el apoyo psicológico en todos los niveles del deporte. Entre los temas abordados: la presión del rendimiento, el miedo al fracaso, la ansiedad en edades tempranas y el uso del running como válvula de escape y herramienta de autocuidado.
Muchos de los testimonios de atletas aficionados fueron reveladores. Personas que encontraron en el running una rutina que daba estructura a su vida, un espacio de desconexión mental o una comunidad que escuchaba sin juzgar. Porque sí: correr puede ser individual, pero nunca es solitario.
Resiliencia: el músculo invisible que se entrena al correr
Una de las cualidades psicológicas más valoradas en estos tiempos de incertidumbre es la resiliencia: la capacidad de adaptarse al estrés, al dolor o a los cambios sin perder el equilibrio. Y correr, más allá de su componente físico, funciona como un entrenamiento invisible de esa fortaleza interna.
Estudios recientes publicados en Frontiers in Psychology han mostrado que los corredores —especialmente los de fondo y trail— presentan índices de resiliencia más altos que la media. ¿Por qué? Porque el running implica gestionar el cansancio, enfrentar el dolor, mantenerse constante, incluso cuando el cuerpo pide parar. Son microdesafíos que, día a día, generan un cambio profundo en la forma en que procesamos el esfuerzo y la frustración.
Y esto no solo se traslada a las carreras. Quienes corren con regularidad desarrollan una mayor tolerancia al estrés, mejoran su autocontrol y reportan mayor sensación de propósito vital.
Cuando las endorfinas corren en grupo
Aunque se suele asociar el running a una práctica solitaria, en los últimos años ha crecido con fuerza una modalidad que combina movimiento y comunidad: el running social. Desde clubes urbanos hasta iniciativas barriales, correr en grupo está demostrando tener un impacto aún más poderoso en la salud mental.
Según una investigación del British Journal of Sports Medicine, la actividad física grupal potencia la liberación de endorfinas, eleva el compromiso y reduce los índices de abandono. Además, la conversación durante la carrera activa áreas del cerebro relacionadas con la conexión emocional y la regulación del estado de ánimo.
En tiempos donde la soledad se ha convertido en otra pandemia silenciosa, salir a correr con otros puede ser un acto radical de bienestar. Porque compartir una zancada, un silencio o una meta, une más que muchas palabras.
No es solo correr, es vivir mejor
Podríamos resumirlo así: correr no cura, pero ayuda a sanar. No sustituye a un profesional, pero te empuja a empezar. No resuelve todos los problemas, pero ofrece una herramienta sólida, natural, respaldada por la ciencia, para recuperar el equilibrio cuando todo parece fuera de lugar.
El cuerpo es el vehículo, pero la mente es el motor. Y el running —ese gesto simple de avanzar, paso a paso, sin importar la velocidad— se ha revelado como un aliado poderoso en uno de los retos más importantes de nuestro tiempo: cuidar la salud mental desde el movimiento.
Foto: Depositphotos
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