|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
En la madrugada del 11 de febrero de 2024, Kelvin Kiptum salió a correr desde un punto olvidado del valle del Rift keniano. Lo hizo como lo había hecho tantas veces: con disciplina, silencio y un objetivo que solo él conocía. Su carrera comenzó junto a una mina de fluorita abandonada y debía concluir en casa, 35 kilómetros más arriba, entre colinas de eucaliptos y caminos serpenteantes. No llegó a la meta. Horas más tarde, su vida acabaría en una curva maldita del asfalto, en la oscuridad de una noche que quedará tatuada en la historia del atletismo.
La muerte de Kiptum no fue solo una pérdida para el deporte. Fue, también, el último episodio de un patrón doloroso: la racha de tragedias que persigue a los mejores fondistas de Kenia. Jóvenes prodigios que alcanzan la cima mundial y, poco después, desaparecen entre accidentes de tráfico, asesinatos, alcohol, estafas o depresión. Eldoret, epicentro del talento, parece también ser la cuna de una maldición.
¿Te gusta Maratón Radio?
Suscríbete para recibir más historias como esta, directamente en tu WhatsApp o correo.
Un reportaje de Jonathan W. Rosen para The Economist titulado “The curse of Kenya’s long-distance runners” relata la historia de Kiptum y la de tantos otros: una élite atlética capaz de conquistar el mundo pero incapaz, muchas veces, de sobrevivirse a sí misma.
La cima y el abismo
Kelvin Kiptum tenía 24 años (o quizás algunos más; su verdadera edad es aún motivo de debate) y lo había logrado todo en tiempo récord. En menos de un año, rompió el récord mundial de maratón en Chicago con un tiempo de 2:00:35, superando al mítico Eliud Kipchoge. Ganó en Londres, en Valencia, y estaba en camino a ser el primer hombre en correr un maratón oficial por debajo de las dos horas. Su proeza no era solo atlética, sino simbólica: representaba el paso generacional en la élite del fondo keniano.

Pero como muchos antes que él, Kiptum no tuvo tiempo de saborear el triunfo. Esa noche, después de una jornada extenuante de entrenamiento, salió a cenar con su entrenador Gervais Hakizimana y una amiga. Nadie llevaba cinturón de seguridad. El coche derrapó, impactó contra un árbol. Él y su técnico murieron al instante. Solo la acompañante sobrevivió. Kiptum había tomado un par de cervezas, aunque no se sabe si estaba ebrio. Pero había dormido poco, corrido mucho y conducido por una carretera peligrosa a una velocidad excesiva.
La tragedia conmocionó al mundo. Pero en Eldoret, fue recibida con un suspiro triste y resignado. “Otra vez”, decían los locales. Porque en esa región, donde la tierra parece parir atletas, las historias de gloria seguidas de muerte prematura son parte del paisaje.
Una lista demasiado larga
En los últimos diez años, al menos cuatro corredores kenianos de élite han muerto en accidentes de tráfico. Otros, como Sammy Wanjiru —campeón olímpico en Pekín 2008—, encontraron la muerte de forma más violenta. Wanjiru cayó desde el balcón de su casa en un episodio rodeado de alcohol y sospechas. Tenía 24 años.
Seis corredores han sido asesinados desde 2021, entre ellos cuatro mujeres, víctimas de violencia machista. El caso más escalofriante fue el de Rebecca Cheptegei, atleta ugandesa con vínculos en la región, quemada viva por su expareja tras una disputa por bienes. Otros han caído en la desesperación: uno se suicidó, otro murió por complicaciones hepáticas tras años de alcoholismo y dopaje.
A simple vista, son tragedias aisladas. Pero juntas dibujan un patrón: un sistema que, tras encumbrar a sus héroes, los deja solos ante un entorno hostil, marcado por la pobreza, la falta de preparación financiera, y un círculo social que muchas veces se transforma en amenaza.
Frente a esta cruda realidad, la presión por actuar ha crecido. El Ministerio de Asuntos de la Juventud, Economía Creativa y Deportes de Kenia, en colaboración con Athletics Kenya, ha respondido con la creación de un nuevo Comité de Protección de Género e Implementación. Su mandato es claro: desarrollar políticas que frenen la violencia de género y asegurar un entorno más seguro para todos los deportistas. Incluso se planea una línea de ayuda anónima, un número gratuito para que las víctimas puedan denunciar sin miedo. Son los primeros pasos para intentar que la impunidad no siga siendo la norma.»
El precio del éxito exprés
En Kenia, el running no es solo una pasión: es una vía de escape. Un boleto a Europa, a los dólares de las majors, a la posibilidad de cambiar el techo de lámina por uno de chapa, como contaba el veterano Joseph Chesire. Muchos corredores emergen desde aldeas sin agua corriente ni electricidad. Corren descalzos por caminos de tierra. Cuando llegan al podio, el impacto económico es devastador.
Kelvin Kiptum ganó cerca de 460.000 dólares en premios. Recibía patrocinios de Nike y de la marca china Amazfit. También cobró un adelanto de 185.000 dólares por un contrato con Qiaodan, otra empresa china. Era un mundo nuevo. Pero con el dinero vinieron los conflictos. Firmó acuerdos sin supervisión legal, rompió contratos sin entender las cláusulas, y atrajo a oportunistas. En los días previos a su muerte, varios emisarios lo buscaban por disputas contractuales.
Esta situación no es una excepción. Un informe reciente, respaldado por World Athletics y elaborado por el Ministerio de Asuntos de la Juventud, Economía Creativa y Deportes de Kenia junto a Athletics Kenya, ha puesto de relieve que la explotación financiera es una realidad extendida, perpetrada a menudo por cónyuges, entrenadores, managers e incluso familiares. La falta de alfabetización financiera y la dependencia de terceros, subraya el estudio, contribuyen significativamente a esta vulnerabilidad en la que caen los atletas al manejar sumas considerables de dinero por primera vez.
Y no fue el único. Wilson Kipsang, otra leyenda del maratón, ganó millones… y los perdió. Invirtió mal, cayó en estafas, condujo ebrio, fue sancionado por dopaje. Muchos otros siguieron el mismo camino. El ex campeón mundial Benjamin Limo estima que más del 75% de los fondistas retirados en Kenia hoy viven en dificultades económicas. Expertos y reportajes de investigación confirman la alarmante prevalencia de esta situación.

Un entorno sin red
Eldoret, la llamada “ciudad de campeones”, es también una jungla. Las mafias que controlan contratos, los cazatalentos sin escrúpulos, los familiares que reclaman parte del botín, los falsos amigos. El entorno es hostil. Y la presión, gigantesca.
Los corredores que triunfan —especialmente los hombres— caen con frecuencia en excesos: coches rápidos, alcohol, relaciones fugaces. Son jóvenes que, hasta hace poco, ni soñaban con tener una cuenta bancaria. Ahora deben manejar cientos de miles de dólares. Nadie les enseñó cómo.
Las mujeres, por su parte, suelen ser blanco de parejas abusivas. Algunas son obligadas a ceder sus premios; otras son víctimas de violencia física. El miedo, la inseguridad, el silencio. Las historias abundan, pero casi nadie habla.
Una cantera que no cesa
A pesar del riesgo, el sueño persiste. Cada año, miles de jóvenes llegan a Iten, el pueblo-entrenamiento más famoso de África. Corren con zapatos usados, duermen en habitaciones compartidas, compiten en circuitos locales con la esperanza de ser vistos por algún agente europeo.

Uno de ellos es Emmanuel Ng’etich, de 26 años, exestudiante de veterinaria que ahora entrena con la fe de quien ya no tiene otra opción. La sobreoferta de talento es feroz. Menos del 20% de los atletas que entrenan en Iten consigue correr fuera del país. Aun así, el flujo no se detiene. Mientras el desempleo y la inflación asfixian a Kenia, el running se convierte en alternativa económica, incluso cuando el camino esté lleno de trampas.
Romper el ciclo
Algunos intentan revertir la tendencia. Joan Chelimo, corredora olímpica, fundó Tirop’s Angels, una ONG que combate la violencia de género entre atletas. Otros como Chesire organizan talleres de educación financiera o ayudan a jóvenes a evitar errores comunes. Pero los esfuerzos siguen siendo insuficientes.
Sin embargo, la voluntad de cambio no es exclusiva de las bases. Recientemente, el gobierno keniano y la federación de atletismo han comenzado a tomar medidas más directas. Además del Comité de Protección de Género, se han implementado programas de alfabetización financiera para atletas jóvenes, buscando blindarlos contra estafas y malas gestiones. Incluso se han realizado esfuerzos para mejorar la seguridad vial en las zonas de entrenamiento, con la creación de caminos seguros y separados para corredores y peatones en la región de Eldoret, una respuesta directa a la ola de accidentes.
A estos esfuerzos se suma una lucha frontal contra el dopaje, que ha empañado la reputación del atletismo keniano y ha truncado numerosas carreras. El gobierno de Kenia ha comprometido una inversión de 28 millones de euros a lo largo de cinco años para reforzar los controles antidopaje de la Anti-Doping Agency of Kenya (ADAK), con el objetivo de proteger la integridad del deporte y garantizar un terreno de juego justo para los atletas «limpios». ADAK, además, está implementando un plan estratégico que no solo se centra en la detección, sino también en la educación antidopaje y la protección del bienestar general de los deportistas.
Estos son pasos importantes, que suman a las iniciativas de ONG y exatletas, pero la magnitud del problema demanda un compromiso sostenido y una inversión mucho mayor.
¿Un fenómeno keniano?
Mientras Kenia se esfuerza por romper este ciclo, la pregunta surge: ¿es este ‘maleficio’ un fenómeno exclusivo de Eldoret o un patrón regional? Aunque otros gigantes del fondo como Etiopía comparten desafíos como la extrema pobreza de origen y la presión por el éxito, la frecuencia y visibilidad de las muertes por violencia y accidentes de tráfico parecen ser una característica más acentuada en el Valle del Rift keniano. Si bien los atletas etíopes también enfrentan problemas de gestión financiera y la amenaza del dopaje, la particularidad de la «cadena de muertes» que asola a la élite keniana sugiere una combinación única de factores locales, desde un entorno de entrenamientos masivos con poca supervisión, hasta la explotación sistemática que puede surgir de una riqueza repentina en un contexto de vulnerabilidad extrema.
Una alternativa que renace es el atletismo universitario en Estados Unidos. Con nuevas reglas que permiten a las universidades cubrir más gastos, las becas deportivas vuelven a ser atractivas. En los últimos NCAA Cross Country Championships, más de 20 kenianos figuraron entre los 50 primeros. Es una vía más segura. Pero no todos pueden acceder a ella.
Un héroe enterrado, una pregunta abierta
Kelvin Kiptum fue enterrado junto a la casa que soñaba construir para sus padres. La tumba, sencilla, está marcada con una cruz de madera casi oculta por tierra. Su padre, sin medios para mejorarla, se disculpa con los visitantes. “No puedo hacer más”, dice. Es un símbolo cruel: la gloria más absoluta puede durar menos que una temporada. Y los héroes, en Kenia, no siempre descansan en paz.
Mientras Eldoret sigue produciendo campeones a ritmo vertiginoso, el maleficio continúa. Y la pregunta resuena entre los caminos rojos del valle del Rift: ¿cuántos más deben caer antes de que el éxito deje de costar la vida?
Fotos: Depositphotos
¿Te gusta Maratón Radio?
Suscríbete para recibir más historias como esta, directamente en tu WhatsApp o correo.