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Ya estás ahí, con la maleta medio hecha y la cabeza en las nubes, pero algo te reconcome por dentro. ¿Cómo vas a estar dos semanas sin calzarte las zapatillas? Si eres de los que no conciben empezar el día sin sus cinco kilómetros mañaneros, tranquilo: no tienes por qué elegir entre descansar y correr. De hecho, algunos de mis mejores recuerdos sobre el asfalto han sido precisamente lejos de casa.
He pisado más de 200 ciudades con mis zapatillas puestas, y te aseguro que no hay nada comparable a descubrir un lugar nuevo corriendo. Mientras los demás turistas duermen la resaca, tú ya habrás visto el amanecer desde el mejor mirador de la ciudad. Mientras ellos hacen cola para una foto, tú habrás conquistado esa cuesta que parecía imposible desde la ventana del hotel.
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Correr en vacaciones no es una obligación, es un privilegio. Es la diferencia entre visitar un lugar y realmente conocerlo. Porque cuando corres por una ciudad extranjera, no eres un turista más: eres un explorador que se gana cada vista, cada rincón, cada historia que le cuenta el camino.
Llevo años recopilando las mejores rutas del mundo, esas que te hacen olvidar que estás entrenando porque el paisaje te tiene hipnotizado. Y sí, muchas están en sitios que jamás habrías imaginado. Así que guarda esas zapatillas en la maleta, porque te voy a llevar de viaje.
Ciudades que respiran running: cuando las calles se convierten en tu pista
Londres: más que parques, un estilo de vida
La primera vez que corrí en Londres fue un desastre. Me perdí tres veces, acabé empapado por una lluvia que no venía en la previsión del tiempo, y casi me atropella un ciclista en Hyde Park. Pero al final del día, mientras me tomaba una pinta en un pub de Notting Hill, supe que había encontrado mi ciudad.
Londres no tiene los parques más bonitos del mundo, los tiene todos. Hyde Park es solo el aperitivo; el plato fuerte está en Richmond Park, donde los ciervos te miran con esa mezcla de curiosidad y desprecio que solo los británicos han perfeccionado. El Tamsin Trail son siete millas que te van contando la historia de la ciudad con cada paso.
Pero olvídate de las guías turísticas. El verdadero Londres se descubre corriendo los domingos por la mañana, cuando Westminster está vacío y puedes oír el eco de tus pasos en Parliament Square. Es entonces cuando entiendes por qué esta ciudad ha producido más runners olímpicos que cualquier otra.
Los londinenses han hecho del running una religión laica. Cada parque tiene su propia personalidad: Hampstead Heath para los que buscan colinas que duelen, Regent’s Park para los que prefieren terreno llano, y Brockwell Park para los que quieren sentirse locales de verdad. Y cuando llueve —que llueve mucho— simplemente corres más rápido.
Vancouver: donde las montañas y el mar se dan la mano
Si Londres es la universidad del running urbano, Vancouver es el máster. Esta ciudad canadiense no debería existir: es demasiado perfecta para ser real. Tienes océano, montañas, bosques y una cultura deportiva que hace que Nueva York parezca sedentaria.
El Stanley Park Seawall es una obra maestra de ingeniería deportiva. Diez kilómetros de pista libre de coches que bordean el parque más grande de la ciudad, con vistas que cambian cada pocos metros. Empiezas viendo el puerto deportivo, sigues por la costa del Pacífico, y terminas con las montañas North Shore llenándote los ojos.
Lo que más me gusta de Vancouver es que no tienes que buscar dónde correr: la ciudad entera está diseñada para ello. Los senderos están conectados entre sí, hay fuentes de agua cada pocos kilómetros, y hasta los semáforos tienen temporizadores especiales para runners. Es como si alguien hubiera preguntado: «¿Cómo sería la ciudad perfecta para correr?» y luego la hubiera construido.
He vuelto a Vancouver seis veces, y cada vez descubro una ruta nueva. La última vez me aventuré por los senderos de Burnaby Mountain y acabé corriendo 25 kilómetros sin darme cuenta. Cuando el paisaje es tan espectacular, los kilómetros se evaporan.
Destinos de playa: cuando el mar marca el ritmo
Sídney: la capital mundial del running costero
Australia hace las cosas de otra manera, y Sídney es la prueba. Esta ciudad ha conseguido algo que creía imposible: que correr por la playa no sea un suplicio. La ruta Bondi-Coogee debería estar en el patrimonio de la humanidad del running.
Son seis kilómetros de pura poesía visual. Empiezas en Bondi Beach, esa playa que sale en todas las películas, y vas saltando de cala en cala por senderos que serpentean entre los acantilados. Cada curva te regala una postal nueva, cada subida te premia con una vista que justifica el esfuerzo.
Pero lo mejor de Sídney no son las playas, son los runners. Esta gente vive para correr. A las seis de la mañana, la ciudad parece una concentración de atletismo: corredores de todas las edades y niveles compartiendo los mismos senderos, saludándose con esa complicidad que solo entienden los que han sufrido juntos.
El Royal Botanic Gardens es mi secreto mejor guardado. Mientras los turistas hacen cola para ver la Opera House, tú puedes correr por jardines que la rodean, con vistas privilegiadas y sin multitudes. Es como tener un palco VIP en el espectáculo más bonito del mundo.
Río de Janeiro: donde correr es un arte
Río me enseñó que correr en vacaciones puede ser una experiencia casi espiritual. Claro, hay que madrugar —el sol de Brasil no perdona— pero la recompensa vale cada minuto de sueño perdido.
Copacabana e Ipanema no son solo playas, son pistas de atletismo naturales. A primera hora, cuando la arena está firme y el aire aún es respirable, te das cuenta de por qué los brasileños son tan buenos en atletismo. La naturaleza les ha regalado el gimnasio más grande del mundo.
La Lagoa Rodrigo de Freitas es donde los cariocas van a correr en serio. Siete kilómetros y medio de perímetro perfecto, con distancias marcadas cada 500 metros y el Cristo Redentor presidiendo cada vuelta. Es imposible tener una mala carrera con esas vistas.
Lo que más me impresiona de Río es la democratización del deporte. Aquí corren desde ejecutivos de Ipanema hasta chavales de las favelas, todos compartiendo el mismo asfalto, el mismo sudor, la misma pasión. El running trasciende clases sociales, y eso es hermoso.
Montañas que enamoran: cuando correr se convierte en aventura
Innsbruck: el corazón alpino del trail running
Si hay un lugar en el mundo donde viajar y correr significa tocar el cielo, ese es Innsbruck. Esta ciudad austriaca no es solo bonita, es obscenamente espectacular. Los Alpes la rodean como una muralla de piedra y nieve que te hace sentir pequeño y grande a la vez.
El Almen Trail es una lección de humildad repartida en 13 kilómetros. Empiezas confiado, pensando que tus entrenamientos de ciudad te han preparado para esto. Error. La montaña tiene sus propias reglas, y la primera es que el aire de altitud no perdona a nadie.
Pero cuando llegas a esos miradores que te regalan los Alpes enteros, entiendes por qué Innsbruck es la meca del trail running europeo. Cada mayo, la ciudad se transforma en un festival dedicado a correr por montaña, con pruebas para todos los niveles y una organización que da envidia a muchos maratones urbanos.
Lo que más me gusta de Innsbruck es que no tienes que ser un ultramaratoniano para disfrutarla. Hay rutas urbanas planas, senderos suaves por el valle, y escaladas épicas para los más aventureros. Es como un parque temático del running, pero con vistas reales.
San Francisco: la montaña rusa que camina
San Francisco es la ciudad que te enseña que correr puede ser vertical. Sus cuestas legendarias, algunas con pendientes que rozan el 30%, convierten cada salida en un entrenamiento de fuerza explosiva. Pero también es la ciudad que mejor premia el esfuerzo.
La ruta del Embarcadero es mi favorita en todo Estados Unidos. Ocho kilómetros que van desde el estadio de los Giants hasta el Golden Gate, bordeando la bahía y contando la historia de la ciudad paso a paso. Las vistas de Alcatraz, el skyline de downtown, y finalmente el puente dorado emergiendo entre la niebla… es cine puro.
Las «Manos de Hopper» se han convertido en un símbolo para los runners de todo el mundo. Este cartel, creado por un herrero local en la base del Golden Gate, es donde todos nos hacemos la foto de rigor antes de dar la vuelta. Es nuestro pequeño ritual, nuestro check-in en el templo del running californiano.
Destinos fluviales: cuando el agua guía tus pasos
Estocolmo: la Venecia nórdica del running
Estocolmo me conquistó desde el primer kilómetro. Esta ciudad, construida sobre 14 islas y conectada por 57 puentes, es un laberinto acuático perfecto para perderse corriendo. Cada ruta es una sorpresa, cada puente una nueva perspectiva.
La isla de Lidingö es mi refugio cuando necesito desconectar de verdad. Sus senderos van desde rutas familiares de 4 kilómetros hasta épicas de 30, todos con vistas diferentes de la capital sueca. Los suecos han bautizado esto como «el archipiélago del runner», y no se quedan cortos.
Lo mejor de Estocolmo es el verano. Con hasta 18 horas de luz diurna, puedes correr cuando te dé la gana. Yo he descubierto que las «horas doradas» —entre las 5 y las 7 de la mañana, y entre las 8 y las 10 de la noche— son mágicas. La luz es perfecta, la temperatura ideal, y la ciudad parece un decorado de película.
Secretos del runner viajero: lo que no te cuentan las guías
Antes de salir de casa
Después de tantos años corriendo por el mundo, he aprendido que la preparación es la diferencia entre una experiencia memorable y un desastre con zapatillas. No basta con meter el material en la maleta y rezar; hay que investigar, planificar, y sobre todo, ser inteligente.
Empiezo siempre por el clima, pero no me quedo en la temperatura media. Busco datos de humedad, vientos, y sobre todo, las horas de mayor calor. En Bangkok aprendí a las malas que 28 grados con 90% de humedad a las 10 de la mañana es como correr dentro de una sauna.
Las aplicaciones móviles son tu mejor aliado. Strava te muestra las rutas populares de cada ciudad, con comentarios de runners locales que valen oro. MapMyRun tiene mapas offline que te pueden salvar cuando te pierdes (me ha pasado más veces de las que me gustaría admitir).
El equipaje inteligente
Mi maleta de runner viajero ha evolucionado con los años. Ahora llevo siempre dos pares de zapatillas: las principales para el día a día, y unas de repuesto por si llueve o si quiero probar terrenos diferentes. La ropa técnica es innegociable: tejidos que secan rápido, que no se arrugan, y que no pesan nada.
El kit de primeros auxilios es básico pero esencial: tiritas, antiinflamatorio, sales de rehidratación, y crema solar. Parece una tontería hasta que lo necesitas a las 6 de la mañana en una playa de Tailandia sin farmacias a la vista.
La integración con la cultura local
Cada ciudad tiene su ritmo, y como runner debes respetarlo. En las capitales árabes, corres antes del amanecer o después del atardecer. En las ciudades nórdicas, aprovechas la luz perpetua del verano. En las urbes asiáticas, evitas las horas punta como si fuera radioactividad.
Pero lo más importante es conectar con la comunidad local. Los running clubs urbanos son una mina de información y compañía. En Barcelona, el grupo de las 7 de la mañana en el Parc de la Ciutadella me enseñó rutas que jamás habría encontrado solo. En Tokio, los runners del Imperial Palace me adoptaron como uno más y me llevaron a desayunar yakitori después de una sesión de 10k.
Este artículo es más que una guía: es una invitación a cambiar tu manera de viajar. Porque cuando corres por una ciudad extranjera, no eres un turista más haciendo check-in en Instagram. Eres un explorador que se gana cada vista, cada historia, cada momento de asombro con el esfuerzo de sus piernas.
Las mejores vacaciones no son las que recordamos por las fotos, sino por las sensaciones. Y no hay sensación comparable a conquistar una cuesta desconocida, a descubrir un atajo secreto, a sentir que una ciudad te adopta temporalmente como suya.
Así que la próxima vez que hagas la maleta, no olvides meter las zapatillas. Porque el mundo está lleno de kilómetros esperando a ser descubiertos, y la vida es demasiado corta para correr siempre por los mismos sitios.
Foto: Depositphotos
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